A Emilio Jalil Abumalaham le sacude el atentado desde una parte de España situada en el continente africano. Sabe que su hijo Daher se sube a ese tren fatídico para asistir a clase. Quiqui, así lo llama con cariño, termina la carrera de Odontología. Es el orgullo de este casi anciano abogado libanés; toda una institución en la “curia” de Ceuta. Son horas sin minutos de sesenta segundos… le duelen los dedos de marcar el mismo número de móvil. Llamadas reiteradas sin respuesta, sin escuchar esa voz conocida, concreta... que le da los buenos días cada mañana. “¿Qué hay, papá? ¿Ha amanecido con levante o poniente?”Es el único vínculo familiar que le queda cerca después de la muerte de su esposa y la marcha de su hija al Líbano. Emilio no llora. Hace años que no puede porque lloró mucho a los pies de la cama de su esposa, sobre su ataúd y en sus visitas al cementerio. Emilio – también poeta, profesor, filósofo y la retahíla-, al bravo Emilio, valiente, sincero y magnánimo, que por no ahorrar no escatima nada que empañe lo que que quiere afirmar bien alto y bien claro... prefiere dejar de ser que volver a vivir cargando con otra ausencia eterna, sin billete de vuelta. “¡Quiqui no contesta… ¡¡¡No contesta!!!” Un hombre con el rostro marcado por la guerra de una tierra en permanente guerra, el cristiano maronita que se pasea sin chaleco antibalas por el Barrio del Príncipe… vuelve a respirar el olor a pólvora… en un país sacudido por el terror, apiñado por el dolor y el miedo, orando por los cadáveres de
Atocha,
El Pozo del tío Raimundo,
Santa Eugenia … auxiliando a los heridos, consolando a los que no encuentran consuelo. Consolando a Emilio que sigue sin noticias de Daher.
“(…)
Miedo.
Frío.
Inquietud.
Preguntas.
Rocas parecidas a esqueletos.
Nubes arrasadas.
Límites inciertos.
Horizontes abiertos.
Árboles excelsos.
Dedos invisibles.
Tinieblas misteriosas.
Horror…
El sudor de tu frente,
Mi pañuelo…”
(Raíces y pensamientos. Emilio Jalil)
En los medios se atan cabos. Al Qaeda… Bin Laden… terrorismo islámico… Y como quien despierta de un sueño ignorante, desfilan los recuerdos de tantas horas de charla con Emilio intentando que comprendiera los entresijos de la religión musulmana, ¡la jihàd... !
Esta historia acaba como el final del poema: “Y la tranquilidad”. Creo que lo traicionaría si no añadiera que fue una "tranquilidad" relativa. ¿Qué padre no se alegra por no haber perdido a un hijo? Pero... ¿qué ciudadano no perdió la "tranquilidad" el 11-M- y le invadió la certeza de que ya no... nunca más se podrá sostener la afirmación "todo está bajo control"... nunca más vivirán los que pasaron por allí... o estaban allí...?
-“¿Papá? Por fin puedo hablar contigo… Hoy empezaba las prácticas más tarde….”
Daher no se subió a ese tren. Se quedó en el asfalto como si un ángel lo hubiera retenido con sus alas porque todavía no; no era ni el día ni la hora.
Hoy, este nuevo 11 de Marzo, después de ocho años en los que el recuerdo se ha mantenido intacto… habrá que hacer un esfuerzo para olvidar durante un día los rifirrafes políticos de la nueva Ley, la crisis… y quizá… quizá… dar gracias. Somos afortunados. Poseemos el mayor bien que a muchos les fue arrebatado: la vida.
Descansen en paz. Amén.





