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martes, 13 de marzo de 2012

La web Familia Actual.


No sé si habéis echado un vistazo a una web que figura entre los blogs que sigo: Familia Actual. Transcribo el Quiénes somos: 

"Los autores del blog llevan más de veinticinco años dedicados a la enseñanza, durante los cuales han acumulado mucha experiencia tanto en el trato con padres como con alumnos. Pilar (Guembe)es pedagoga y trabaja como profesora y orientadora. Carlos (Goñi) es doctor en filosofía y escritor. Juntos escriben libros, imparten conferencias y asesoran en temas educativos. Son padres de dos hijos."

Conocí a Carlos y a Pilar durante el año escaso que residimos en Lleida. Más tarde los fui siguiendo en conferencias, artículos y libros... Forman un tandem envidiable. En temas de educación se puede llegar a un estadio de sobresaturación en el que prácticamente todo te suena a tópico. Es posible que sea un problema personal... o que solo me suceda a mí. No sé... Definiciones precocinadas, "fórmulas mágicas", conceptos inamovibles...  Actualmente me cuesta asistir a conferencias que rondan esta temática. Será que los años pesan o que muchas de las "teorías" que anotaba con fruición no me cuadraron. Pero, como en todo, existe la excepción que confirma la regla. Y es el caso de este matrimonio que no dicta sentencias y que, por encima de todo, no abandonan el sentido común. 

Os dejo el enlace de su último post: "Cuando los árboles pierden las hojas..." "Se ven los nidos" . Lo constata una crisis económica de la que todavía no se vislumbra el final. Cuando asoma el expolio -  casa, alimentos, calor humano... -hay un "lugar", el hogar de origen, que sigue en pie. En estos momentos duros se estrechan vínculos. La vuelta forzosa resulta el remanso necesario en la medida que no nos ha succionado el individualismo... que no nos hemos desprendido   física y afectivamente de los que nos prepararon para volar.  Carlos y Pilar lo explican infinitamente mejor. 

Un abrazo a los dos.


domingo, 16 de mayo de 2010

¿Futuribles? No, gracias.

Por aquello del descanso dominical cuelgo un artículo de alguien que ya lo ha pensado. Un poco de cara dura...sí. Pero Lepoldo Abadía, con este sentido del humor que lo caracteriza, expresa alguna preocupación que a todos nos ronda por la cabeza. Y su respuesta está impregnada de sentido común. Qué distinto es preguntarse "¿Qué mundo les vamos a dejar a nuestros hijos?" a plantearse en serio "¿Qué hijos vamos a dejar a este mundo?". Ahí van sus respuestas. Gracias por el correo, Mireia. Incluyo para ti música dedicada (la he colgado otras veces...) que sé de antemano que te va a gustar.



"Me escribe un amigo diciendo que está muy preocupado por el futuro de sus nietos. Que no sabe qué hacer: si dejarles herencia para que estudien o gastarse el dinero con su mujer y que "Dios les coja confesados".

Lo de que Dios les coja confesados es un buen deseo, pero me parece que no tiene que ver con su preocupación. En muchas conferencias, se levanta una señora (esto es pregunta de señoras) y dice esa frase que me a mí me hace tanta gracia: "¿qué mundo les vamos a dejar a nuestros hijos?" Ahora, como me ven mayor y ven que mis hijos ya están crecidos y que se manejan bien por el mundo, me suelen decir "¿qué mundo les vamos a dejar a nuestros nietos?"

Yo suelo tener una contestación, de la que cada vez estoy más convencido: "¡y a mí, ¿qué me importa?!" Quizá suena un poco mal, pero es que, realmente, me importa muy poco.

Yo era hijo único. Ahora, cuando me reúno con los otros 64 miembros de mi familia directa, pienso lo que dirían mis padres, si me vieran, porque de 1 a 65 hay mucha gente. Por lo menos, 64.
Mis padres fueron un modelo para mí. Se preocuparon mucho por mis cosas, me animaron a estudiar fuera de casa (cosa fundamental, de la que hablaré otro día, que te ayuda a quitarte la boina y a descubrir que hay otros mundos fuera de tu pueblo, de tu calle y de tu piso), se volcaron para que fuera feliz. Y me exigieron mucho.

Pero ¿qué mundo me dejaron? Pues mirad, me dejaron:

1. La guerra civil española
2. La segunda guerra mundial
3. Las dos bombas atómicas
4. Corea
5. Vietnam
6. Los Balcanes
7. Afganistán
8. Irak
9. Internet
10. La globalización

Y no sigo, porque ésta es la lista que me ha salido de un tirón, sin pensar. Si pienso un poco, escribo un libro. ¿Vosotros creéis que mis padres pensaban en el mundo que me iban a dejar? ¡Si no se lo podían imaginar!

Lo que sí hicieron fue algo que nunca les agradeceré bastante: intentar darme una muy buena formación. Si no la adquirí, fue culpa mía.

Eso es lo que yo quiero dejar a mis hijos, porque si me pongo a pensar en lo que va a pasar en el futuro, me entrará la depre y además, no servirá para nada, porque no les ayudaré en lo más mínimo.

A mí me gustaría que mis hijos y los hijos de ese señor que me ha escrito y los tuyos y los de los demás, fuesen gente responsable, sana, de mirada limpia, honrados, no murmuradores, sinceros, leales,.Lo que por ahí se llama "buena gente".

Porque si son buena gente harán un mundo bueno. Y harán negocios sanos. Y, si son capitalistas, demostrarán con sus hechos que el capitalismo es sano. (Si son mala gente, demostrarán con sus hechos que el capitalismo es sano, pero que ellos son unos sinvergüenzas.)

Por tanto, menos preocuparse por los hijos y más darles una buena formación: que sepan distinguir el bien del mal, que no digan que todo vale, que piensen en los demás, que sean generosos.En estos puntos suspensivos podéis poner todas las cosas buenas que se os ocurran.

Al acabar una conferencia la semana pasada, se me acercó una señora joven con dos hijos pequeños. Como también aquel día me habían preguntado lo del mundo que les vamos a dejar a nuestros hijos, ella me dijo que le preocupaba mucho más qué hijos íbamos a dejar a este mundo.

A la señora joven le sobraba sabiduría, y me hizo pensar. Y volví a darme cuenta de la importancia de los padres. Porque es fácil eso de pensar en el mundo, en el futuro, en lo mal que está todo, pero mientras los padres no se den cuenta de que los hijos son cosa suya y de que si salen bien, la responsabilidad es un 97% suya y si salen mal, también, no arreglaremos las cosas.

Y el Gobierno y las Autonomías se agotarán haciendo Planes de Educación, quitando la asignatura de Filosofía y volviéndola a poner, añadiendo la asignatura de Historia de mi pueblo (por aquello de pensar en grande) o quitándola, diciendo que hay que saber inglés y todas estas cosas.
Pero lo fundamental es lo otro: los padres. Ya sé que todos tienen mucho trabajo, que las cosas ya no son como antes, que el padre y la madre llegan cansados a casa, que mientras llegan, los hijos ven la tele basura, que lo de la libertad es lo que se lleva, que la autoridad de los padres es cosa del siglo pasado. Lo sé todo. TODO. Pero no vaya a ser que como lo sabemos todo, no hagamos NADA.


P.S.
1. No he hablado de los nietos, porque para eso tienen a sus padres.
2. Yo, con mis nietos, a merendar y a decir tonterías y a reírnos, y a contarles las notas que sacaba su padre cuando era pequeño.
3. Y así, además de divertirme, quizá también ayudo a formarles."

Una canción de Humet. Visionario. De rabiosa actualidad.


sábado, 7 de febrero de 2009

Un artículo de Carlos Goñi.

Carlos Goñi es filósofo, fundamentalmente filósofo. Se dedica a la docencia. Suerte tienen tus alumnos, Carlos. Añado que es especialista en educación y que, en un tándem con Pilar Guembe -su mujer... psicóloga- ha escrito libros muy interesantes sobre la adolescencia... He tenido la suerte de asistir a una de sus conferencias, también un tándem Carlos/Pilar. Ideas claras, mensajes precisos. Daría para un artículo hablar de ellos.
Esta vez se trata de un artículo publicado en el periódico "El Segre" (Lleida) el 6 de enero. La nariz filosófica de Carlos examina ese fenómeno del bus ateo. Muy bueno. Gracias por enviármelo.
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El bus ateo
Durante quince días (del 5 al 18 de enero) dos autobuses de Barcelona llevarán publicidad ateísta. Con el lema: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y goza de la vida”, los anunciantes quieren contrarrestar, según afirman, las proclamas religiosas que condenan “la buena vida”.
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La campaña ya se llevó a cabo en Londres (“There’s probably no God. Now stop worrying and enjoy your life”), pero desconocemos su resultado. No se ha dicho si aumentó el número de personas que dejó de preocuparse y se puso a disfrutar de la vida, y si Dios dejó de existir tras la cruzada publicitaria. De cualquier forma, no creo que un tal slogan lleve ni a una cosa ni a la otra.
A lo que a mí me ha llevado es a pensar: la primera parte del mensaje, en la existencia de Dios; la segunda, en la forma de vivir la vida.
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“Probablemente Dios no existe”. No sé si los publicistas han caído en la cuenta de que si es probable que Dios no exista lo es también que exista. En fin, que están poniendo sobre el tapete, mejor, sobre el lateral de un autobús, un tema lógico y metafísico de primer orden (lo cual, como filósofo, agradezco).
No sé si en la época de Blaise Pascal (1623-1662) había carros con este tipo de anuncios, lo que sí es cierto es que el pensador y matemático francés creó una prueba para demostrar la existencia de Dios basada justamente en la probabilidad. Se trata de su célebre “argumento de la apuesta” (Pensamientos, 233).
Según Pascal todos tenemos que hacer una apuesta sobre la probabilidad de la existencia de Dios. Querámoslo o no, lo hagamos de manera consciente o inconsciente, de forma explícita o implícita, todos jugamos y nos la jugamos en esa apuesta. Podemos apostar cara –y vivir como si Dios existiera–; o cruz –dando la espalda a Dios, como propone el anuncio–. Llegado el día en que se ponen las cartas boca arriba (el día de nuestra muerte), hacemos balance de pérdidas y ganancias: si habíamos apostado cara y ganamos, lo ganamos todo –la felicidad eterna–, pero si perdemos, no perdemos nada. Si habíamos apostado cruz y ganamos, no ganamos nada, pero si perdemos, lo perdemos todo –nada más y nada menos que la felicidad eterna–. Si probablemente Dios no existe –como se lee en los laterales de los dos autobuses–, nos enfrentaríamos en el futuro que a todos ha de llegar a no ganar nada o perderlo todo; si probablemente Dios existe, nos las tendremos con no perder nada o ganarlo todo. El ser humano no puede inhibirse y no apostar, debe hacerlo porque se trata de una apuesta en la que a uno le va la vida. La cuestión no es tanto si se ha jugado bien o no, sino que hay que tomarse muy en serio la apuesta. Quizá a eso nos está invitando esta sorprendente publicidad.

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“Deja de preocuparte y goza de la vida”. Suena a hedonismo barato. Parece decir: “No te preocupes por la crisis y sigue consumiendo”, “Deja que tus gobernantes se preocupen por cosas importantes y tú empapúzate a pan y circo”. El argumento es una falacia. Supone demostrado que no se puede gozar de la vida si uno se preocupa de cosas importantes como la existencia de Dios y entre líneas se lee que los creyentes no pueden disfrutar de la vida. Sin embargo, no es así, pues lo propio del ser humano es preocuparse por esas cosas, preguntarse por el sentido de la existencia, por el origen y fin de todo, lo que no quita gozar de la vida. Es más, justamente una vida que se sabe que no se acaba se goza con más intensidad que aquella que se considera definitiva. A muchos gladiadores romanos se les atragantaba la cena libera, la que tomaban antes del combate, justamente por pensar que era la última cena. Tener que disfrutar de algo porque se acaba irreversiblemente deja un regusto amargo, pesimista, que sólo se diluye con el desenfreno y la inconsciencia, como si se quisiera olvidar lo inevitable, como si se quisiera endulzar un veneno letal.
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La vida no se disfruta así, sino viviéndola con coherencia. Ni apostar cruz significa darse al rudo desenfreno, ni apostar cara, convertirse en un gazmoño retraído. ¿Has hecho tu apuesta?"


Carlos Goñi Zubieta
Filósofo y escritor

lunes, 29 de diciembre de 2008

Indigentes

"Todos estamos mancos en el mundo,
la mayoría de los seres humanos, no se dan cuenta;
la mayoría de los que se dan cuenta son incapaces de aceptarlo"
(J. Reichmann)

"No reconocer nuestra indigencia supone tener una noticia equivocada del ser humano. Estamos necesitados de casi todo, hasta del tiempo para vivir que no es nuestro. Ser conscientes de nuestra indigencia nos situará en el punto de mira justo desde donde enjuiciar nuestra vida.
Por eso, todo lo que sea dejarse de actitudes autosuficientes, prepotentes, avasalladoras, autoritarias, intransigentes, distanciadoras, excluyentes, descalificadoras, etc. supone un gran acierto, porque nadie es nadie para erigirse en criterio absoluto de verdad y despreciar o ignorar a los demás.
Todos necesitamos de todos y entre todos podemos hacer más agradable la convivencia.
Se equivocan de lado a lado aquellos que piensan que con su dinero lo pueden todo, porque ignoran que en ese "todo" también va incluido el desprecio de quienes han sido comprados como una mercancía más.
Estas actitudes de superioridad pueden presentarse maquilladas con comportamientos paternalistas, pero no por eso dejan de ser injustas.
Nuestra indigencia lleva a salir al encuentro de los demás. Solos podemos hacer pocas cosas. Antes de lo imaginado surge en nosotros el deseo de tener compañía, de sentir el calor de la presencia de un ser humano, que de alguna forma nos diga "estoy contigo". " (El Encuentro. Miguel-Ángel Martí García)
Ya ves ... soy una indigente. Como cualquiera. Todo lo demás es fachada, que a veces no queda más remedio que mantener el tipo. Soy una indigente. ¿Has visto estas manos... cómo piden?

sábado, 16 de agosto de 2008

La otra cara de un personaje mediático




Tiene fans y no canta. Sobreactúa sobre sus propias actuaciones. Es imprevisible , deliberadamente maleducado, cruel con su viperina, despiadado en sus críticas.

Pero no me digan que no lleva razón.

Desaparece, que no es poco
Hasta aquí hemos llegado. A tomar por curro. Un año más, machacas, mindundis y comadrejas dejamos el tajo unas semanas para reencontramos con ese yo que nuestro escaso tiempo libre ha ido tejiendo mientras pensábamos en otras cosas. Niños, recogedlo todo, que nos vamos. De vacaciones, de casa, de la olla, o de picos pardos, da igual.

La mayoría hace ya un rato que se las viene temiendo. Son los que las pasarán en casa de los suegros, en el zulo de la montaña o el nicho de cada año en primerísima línea de mar. A estirar de todo menos la pata sobre esos kilómetros de playa enmoquetada de colores tan horteras como punibles y barrigas rebozadas en aceite y arena, con esos kilitos de más.
 
Como buenos borregos, todos balamos hacia el mismo objetivo. Recargar baterías, que viene a ser como desconectar de los demás y descansar de uno mismo. A mi batería este año le quedan dos rayitas, la tuya qué tal. Además, como buenos gregarios, lo perseguimos del mismo modo dentro del mismo redil y, por si fuera poco, todos a la vez.
Convivir y convivirse, darse cuenta de con quién vives, pasar de pronto todas las horas del día y de la noche juntos, qué bonito principio del fin. La verdad que no entiendo por qué tras las vacaciones la gente se embarca en despedidas de la magnitud del divorcio. Me parece incomprensible, con lo maravilloso y fácil que parece eso del mismo techo.

Pero bueno, de todos modos, hablando un poco de lo mismo, lo que más me fascina de este momentazo en el que sí o sí hay que largarse es la operación salida de las cosas que ya huelen, porque duran demasiado. Siempre he creído que la elegancia era el arte de decir basta. Y al revés, que no hay nada más vulgar que pecar de exceso. Te lo dice un excesivo por vocación. Te lo cuenta este aprendiz de despedidas.
Hay que irse más. Porque sólo te puedes ir cuando lo haces por elección. Y porque si es por obligación, ya no te estás yendo, te están echando. Hay que saber leer cuándo uno sobra, cuándo ya ha hecho su trabajo, cuándo se puede ir con la conciencia tranquila y cuándo con la esperanza bien. E igual me equivoco mucho, pero creo que sólo hay una cosa más importante que el saber estar, que es el saber no estar. Quererse bien. Quedarse a gusto. Gritar tu ausencia. Y dejarlo ahí.

¿Es necesario que diga quién lo ha escrito?