martes, 25 de noviembre de 2008

¿?

8 comentarios:

Diego Peñas dijo...

Sunsi.
No sé exactamente el motivo de su inesperado viaje.
Este chico es impredecible.
Últimamente le he visto muy cansado.
Le dejo mensajes en el móvil y no me responde.
Es como si necesitara estar solo una temporada.
De todas formas me ha dejado el encargo de que siga escribiendo en tu blog.
Te contaré cómo lo conocí.
Fue en un viaje.
Hace mucho tiempo.



ALASKA

Conocí a Driver el verano del lejano año de Nuestro Señor, mil novecientos setenta y cinco.
Por aquel entonces la sociedad española estaba convulsionada, muy convulsionada. Al general Franco le quedaban dos telediarios, la democracia era un sueño próximo y lejano a la vez, no existían móviles, ni Internet, en la radio se oían a los Bee Gees, el sonido de Filadelfia era un chorro de aire fresco, en las discotecas ponían lentas y los adolescentes nos agarrábamos a Marta, prima de Manolo, que todo el mundo quería bailar con Marta; en todas las capitales de provincia había una librería maldita donde si te conocían te vendían libros prohibidos; los toros y el fútbol eran las dos principales manifestaciones de la cultura popular, las ideas progresistas eran ideas para que se progresara, nadie quería hacer el servicio militar, y Marta, la prima de Manolo, se quitó un domingo la parte de arriba del biquini, y se bañó en Alicante en tetas, con un par.

Mis padres me habían mandado a pasar el verano en un campamento de los Scout en Cádiz. Aquello fue un descontrol, pues por aquel entonces los monitores gaditanos de los Scout que yo conocí, estaban más interesados en la partida de ajedrez político que se estaba jugando en España, que en los menesteres propios de un campamento de verano.

Driver era un adolescente con cabeza renacentista. Si te fijas en las fotos de la época, su prominente melón madrileño dibujaba las proporciones clásicas que ilustran los estudios anatómicos de los apuntes de Leonardo da Vinci.

Aquello me llamó la atención, y me apeteció conocerle. El primer día ya me metió una paliza sobre la teoría de la belleza. A día de hoy sigue con la misma murga. Creo que este muchacho tiene para rato con el tema. El día que venga alguien y se lo resuelva para siempre, flaco favor le va a hacer. Necesita tener ese tema sin resolver. Esa teoría es gasolina, su gasolina.

Driver y yo nos hicimos socios. Esto es un grado de amistad que traspasa el concepto de tiempo. Me explico. Un amigo está bien para las juergas, las confesiones, compartir el día a día, irse de cañas, ligarse a Marta (¡No logro quitármela de mi mente!, ¡lo que son los mitos!), y para muchas cosas más…

Pero un socio es otra cosa. Un socio/a es un ser humano en el que confías de por vida, por el que eres capaz de mentir en un juicio, sacar pasta del cajero y regalársela porque la necesita sin esperar que te la devuelva, un socio es aquella persona que cuando se meten con su hermana pequeña se te olvida sumar y te lías a tortas contra cinco, cuando tu socio y tú sólo sois dos.

Un socio es aquel con el que te escapas de un campamento de verano, te embarcas en un carguero canadiense, cruzas la mar oceana y acabas en Alaska viendo la aurora boreal.

Luego pasas treinta y dos años sin verle. Y el día que lo vuelves a ver, sigues la misma conversación que quedó interrumpida, y la sigues en el mismo punto, y con la misma alma. Un alma de dieciocho años.

La cosa fue así.

En el campamento había un bareto. Y en el bareto un póster de la Aurora Boreal. Allí se desarrollaban las tertulias después de la comida. Los monitores, que eran mayores que nosotros, hablaban de partidos de izquierdas y de derechas, de ideas, de progreso.
Un día Driver se quedó mirando el póster, muy fijamente.
“Es bonita. Me gustaría verla”
“Pues vamos”. Le contesté.

Cuando en España el torbellino político era un cocido a medio hervir, cuando los jóvenes navegaban por un río de izquierdas por la mañana, y coqueteaban con la democracia cristiana por la tarde; Driver y yo hicimos una elección que marcaría nuestras vidas.

Elegimos la búsqueda de la belleza.

Para evitar que nuestros padres se dieran cuenta, escribimos 10 cartas, con fecha de diez domingos consecutivos; Manolo el del bareto se encargaría de enviarlas puntualmente cada semana.

“Querida mamá: este campamento es estupendo……”
“Mi Señor padre: esta semana aprendimos a tirarnos por la tirolina…”

La segunda dificultad que hubo que salvar, fue la de atravesar el Atlántico.
Para solventar esta empresa nos fuimos en autobús a Cádiz, localizamos un carguero canadiense, nos enrolamos como ayudantes de cocina, y doce días más tarde desembarcamos en América.

Cruzar el Atlántico con dieciocho años fue como hacer el amor con Marta. Una experiencia para todos los sentidos. Los colores del horizonte eran limpios, la lluvia en el Atlántico norte era copiosa, el cabeceo de la nave era acompasado. Como Marta: limpia, copiosa y acompasada.

Cuando avistamos tierras canadienses y vimos por primera vez América, Driver se limpió las gafillas para ver el contorno del continente mejor, y me dijo una cosa que nunca olvidaré:

“Te debo una, chaval”.

Atravesamos Canadá en dirección Alaska recorriendo valles y llanuras en un tren de pasajeros que tenía dos pisos.
Acomodados en el piso superior recibimos una lección bíblica, concretamente nos empapamos del Génesis. La creación del mundo.
Allí estaba todo lo que Dios había creado: las tierras, las aguas, los bosques, la fauna, la vegetación.
…………………………………………
Tras catorce días de aventura llegamos a Alaska.
Es ésta una zona del mundo mundial grande, enorme. Su superficie triplica la de España, su cordillera alcanza las alturas máximas de América del Norte, vimos los montes Kenai y San Elías cortados por fiordos y grandes glaciares, cruzamos la meseta avenada por el río Yukon y sus afluentes, adentrándonos más tarde en la zona de tundra siberiana.
Aunque la población era en su mayoría de blancos inmigrados, pudimos hablar con grupos de amerindios, esquimales y aleutas.
En nuestro periplo recuerdo nítidas las imágenes heladas de la capital Anchorage, los contornos azules de Fairbans, y los enormes renos que vimos en Ketchikan.


Todas y cada una de aquellas imágenes, de aquellos colores, de los infinitos tonos del helado azul, me han acompañado el resto de mis días.
Y creo que a Driver también.

Pero lo mejor estaba por venir.
El día 10 de agosto de mil novecientos setenta y cinco, a las cinco de la tarde, y tras veintiún días de aventura, la vimos.
La Aurora.
Este fenómeno lumínico es capaz de marcar un surco imborrable en el cerebro de un adolescente. Cuando el sol se acuesta, cuando las tinieblas hacen su aparición, cuando los últimos rayos de sol rozan tangencialmente las capas altas de la atmósfera, va el JEFE y te hace un regalo.
Surgen en la cúpula celeste colores imposibles que, formando una gran ese vertical, se elevan al infinito, pellizcando de forma atroz tu pequeña alma de humano.

La Aurora Boreal.

Estaba Driver de pié, en medio de la tundra, absorto.

Y de pronto, se puso muy serio, muy serio.
Miró al cielo, y así sin avisar, se puso a aplaudir, a aplaudir con energía.


Con dieciocho años el mundo era una esfera perfecta, donde el centro de gravedad estaba en un indeterminado punto entre Anchorage, capital del estado de Alaska, y el barrio de Moratalaz, en Madrid.


Atentamente. Diego Peñas.

Sunsi dijo...

Gracias, Diego. Que descanse, que ya le toca. Ceno y leo vuestro encuentro.

Saludos...

Driver dijo...

Sunsi.

Me marcho a América.
Pero no te preocupes, TE SEGUIRE MANDANDO MIS CUENTOS.
Estoy un poco cansado del transporte y del euríbor.
Ayer me envió mi amiga en el hemisferio sur, Casta Niebla, una serie de encargos para escribir cuentos en Argentina.
Así que esta mañana, con la fresca, le he vendido el Volvo a un colega de confianza, he cancelado deudas (hasta luego Lucas, euríbor), he comprado un billete de Aerolíneas Argentinas, y he decidido hacer una temporada las Américas.

Después de comer cogí el vuelo directo Madrid-Buenos Aires.
Ganas tenía de viajar en el gran pájaro azul.
Boeing azul con cuatro motores Pratt & Whitney.
Nos recibe una aeromoza, con un trozo de cielo anudado alrededor del cuello.
Precioso pañuelo albiceleste.
Nada más saltar a la comba sobre el paralelo 38, el comandante Del Junco, nos sugiere amablemente que nos asomemos por el lado de babor, y miremos hacia abajo.
Pego las napias al doble cristal con cámara presurizada y observo.
El valle de Guadalquivir.
Colores verdes y ocres.
Nubes.
Azules.
En el hilo musical de la aeronave empieza a sonar Camarón.
“Volando voy, volando vengo, por el camino, yomentretengo”.

Fuerzo la mirada y las veo.
Una bandada de gaviotas, sobrevolando en formación una ciudad.

Se oye a través de la megafonía un pequeño carraspeo, parecido al que emite un ser humano emocionado antes de hablar.
El comandante nos informa:
“Señores y señoras, si son tan amables de fijar su mirada hacia tierra, la verán.
Sevilla. Mi tierra.”

En los bellísimos segundos siguientes, escuchamos a Camarón y nuestro mirar se recreó en la bandada de gaviotas. Sobrevolaban Sevilla.

Después el comandante metió gas, y dirigió al pájaro azul hacia la Gran Mar Océana.

El infinito azul.

Atentamente. Driver.

lumroc dijo...

La vida no me da para mucho. Ya quisiera poder aparecer con más regularidad.

Un saludo a todos.

Gracias Sunsi por el chiste.

¿Durará mucho el viaje de Driver? ¿Tiene allí ocasión de enviar algún correo?

pepa dijo...

¿Ni D (de Diego, de Driver, de Duke) ni Mc, ni mi seductor caballero, volverán?

Decídme que no, que me quedo sin vivir en mí, esperando a las oscuras golondrinas, pensando que cualquiera tiempo pasado fue mejor, que todo ha sido un sueño de afán y pretensión y que, en abriendo esta carta, he de despertar.

Por favor, decídme.

mireia dijo...

La cosa metafórica a veces se me escapa.
Que no sea verdad que Driver/Diego/Mc no vuelve
Que no sea verdad

Sunsi dijo...

Si lo he entendido bien, Diego, tú te quedas, pero a driver lo mandas para que se airee, para que cruce el Atlántico y que se empape de la brisa marina, para que conozca otra cultura, otras tierra, para que descanse entre afroamericanos, hispanos, americanos de serie...
Y cuando regrese será la bomba. Y no parará e escribir con todo lo que haya acumulado.

Que se airee, pobre Driver, que va muy bien para las neuronas. Por cierto, ¿y la pasta gansa para el viaje? ¿De sus ahorrillos o le has prestado tú?.

Dile que nos tenga al corriente, por favor. También dile que sin driver este blog va cojo.

Bueno, y abrazos de parte de todos.

Diego dijo...

Sunsi.
Este muchacho, Driver, me tiene algo confundido.
Creo que está atravesando una crisis vital, algo relacionado con trabajo y familia.
Que se ha ido a América es seguro, porque acabo de mirar la visa y me han metido un "meque" de 750 pavos a cargo de Aerolíneas Argentinas.
Y después de dejarme con el corazón partío, me manda un correo desde un ciber-café de Buenos Aires con un cuento, os lo paso.
Parece ser que tiene una amiga argentina, una tal Casta Niebla, que es estudiante de ingeniería metalúrgica y canta en un coro.
Me dice que nada más bajar del avión, lo primero que hizo fue visitar a Casta, y luego escribir un cuento.
Tal vez sea mejor dejarle que respire.
Tal vez quiera explorar nuevos caminos.
Yo por si acaso no anulo la visa, igual le hace falta.
Un amigo es un amigo.
Os paso el cuento que me ha mandado esta mañana.



LOS SONIDOS DE AMERICA.


América es un continente muy femenino. Tiene dos as, como casa, como mamá. La primera a es alta y picuda, como el Aconcagua. La segunda a es plana y redonda, como las curvas del Orinoco.

Es el continente de las grandes distancias, los amores apasionados , las estruendosas cataratas.
Los paralelos y los meridianos atraviesan sus territorios, marcando los límites del infinito.
Es éste un lugar del mundo mundial, donde si eres una mujer, estudias ingeniería metalúrgica y te gustan los coros, un día descubres que todo está por descubrir.
Se trata, simplemente de estar atento a lo que te rodea.
...
Érase que se era, un sábado del mes de noviembre. Un grupúsculo de cantantes se juntan para hacer lo que más les gusta.
Romper la barrera del sonido.
El sonido se transmite a trescientos metros por segundo.
Pero la música no.
Esa dama corre a la velocidad de la luz. Y no corre más porque entonces se sale.
El caso es la ingeniera metalúrgica estaba con los demás miembros del coro cantando a pleno pulmón. Los ojos a puntito de salirse de sus órbitas. El rostro convulso, perseguía corcheas. Los pulmones trabajando a plena potencia. Las cuerdas vocales vibrando, tan rápido como los corazones.
Junto al salón de actos donde ensayaba el coro, había un campito, donde unos niños jugaban con un metal muy maleable, el plomo. Tras calentarlo, lo vierten en estado líquido en unos moldes de escayola. Cuando se enfría el metal, rompen la escayola y tienen una figurita.
Una muñeca. Un soldadito. Un sol.
A eso de las seis de la tarde, cuando los últimos rayos de sol rasgaban el algodón hacia el poniente, se desencadenaron unas circunstancias atmosféricas que convulsionaron el metal.
La temperatura del páramo descendió bruscamente ocho grados. La luz del ocaso viró de un amarillo chillón a un rojo intenso. Y TAMBIEN ocurrió que una inesperada y espesa neblina cubrió el páramo. Y lo cubrió TAN BIEN, que los niños y los cantantes no veían nada. Lo que no les impidió seguir cantando a pleno pulmón.

Media hora más tarde una poderosa brisa limpió la atmósfera, y los miembros del coro salieron del salón de actos para ver algo que nunca olvidarían.
El metal se había enfriado en unas condiciones excepcionales, y al solidificarse había tomado la forma de una rosa. Con sus complicados pétalos.
La directora del coro se puso muy seria. Miró la rosa de plomo y se quedó muda.
Cuando nuestra ingeniera metalúrgica logró calmarla, la directora les contó que mientras cantaban ella estaba pensando en una rosa.
Y ahora la rosa estaba allí.
Rodeada de niños y cantantes atónitos. Ligeramente humedecida con la escarcha de una neblina inesperada.
Nuestra ingeniera miró atentamente todo lo que le rodeaba. Sacó una pequeña libreta y apuntó: plomo derretido, descenso de temperatura, luz virando de amarillo a rojo, neblina,…,y luego apuntó, como sin darle importancia, gente cantando.
Las siguientes jornadas fueron de intenso trabajo. Nuestra futura ingeniera intentó reproducir en el laboratorio las condiciones observadas en el páramo.
Lo intentó con plomo de diferentes purezas. Con cambios bruscos de temperatura. Neblina artificial. Exposición a la luz amarilla. Virajes de color en la iluminación……
Durante varios días lo intentó, impulsada por la tenacidad que sólo acompaña a los valientes, a los locos o a los jóvenes de espíritu.
Ningún resultado. El plomo seguía siendo plomo.

Casta Niebla leyó todo lo que tenía que ver con las procesos metalúrgicos, habló con profesores y catedráticos, incluso tomó mate con el encargado de la fábrica donde trabajaba.
Este señor, impresionado con su tenacidad, le aconsejó que lo dejara, apuntó:“la naturaleza tiene secretos imposibles de descifrar”. Eso le dijo.
...
Sábado. Cumpleaños de nuestra futura ingeniera .Le espera una sorpresa.
Los miembros del coro deciden regalarle una improvisada actuación.
Cumpleaños feliz a trescientos decibelios, justo bajo su ventana.
Rompiendo la barrera del sonido.
...
Casta se lo piensa, y haciendo unas simples reglas de tres, deduce que si se superan los trescientos metros por segundo, el metal entra en resonancia con su propio ritmo interno, los electrones vibran alterados y se produce un vibración, una reflexión, una refracción y un efecto especular de orden espectacular.
Así que hace lo que cualquier valiente, loco o joven de espíritu haría.
Hace lo imposible.
...
¡Todo el coro a la fundición!
Vestidos con sus elegantes trajes negros, el grupo de cantores entra en la impresionante nave metalúrgica.
“La naturaleza tiene secretos imposibles de descifrar”-le repite a Casta el encargado-
“Se me olvidó el efecto Mozart”-le responde Casta-
...
La cosa fue así. Casta puso el plomo en sus alambiques planos. Diez cantores, diez alambiques.
Se pusieron a cantar a pleno pulmón. La nave resonaba entre ecos y armonías.
Pero no cualquier canción, entonaron a Mozart, sinfonía nº 35 en Re mayor “Haffner”, versión libre argentina. Una improvisación total. Divirtiéndose.
Cada uno de los cantores pensó en algo que amaba.
Y entonces fue cuando Casta dio la orden:
“¡Más fuerte, más rápido!”
Y ¡BANG!, rompieron la barrera del sonido, la música se trasformó en luz, y un destello atravesó los paralelos y los meridianos de la República Argentina, desde los Andes a Tierra de Fuego, desde el océano Atlántico, a la costa del Pacífico.
Esta potente energía se concentró en el metal, materializando las formas que eran pensadas y amadas por los cantores.
Una rosa, la cara de una madre, las manos de un padre, una estrella de mar, una caracola, la cara de un niño, un libro antiguo, la letra de una canción, un camión de juguete y el rostro de un músico sonriendo.
Diez cantantes. Diez objetos de plomo.
...
El experimento funcionó.
Mozart se revolvía de risa en su sepultura.
Se empapó de los nuevos sonidos.

Los sonidos de América.


Atentamente.Driver.